Algunos apuntes sobre la inflación

Isidro Esnaola

Licenciado en economía política

 

La lectura del informe Ikusmiran de la fundación Ipar Hegoa me ha sugerido un par de reflexiones sobre la inflación que conviene tener en cuenta en este periodo de altos precios al que nos están llevando.

Una inflación que no se recuerda en tiempos está sacudiendo la vida económica y golpeando con fuerza en los bolsillos de los trabajadores, especialmente los de aquellos con peores sueldos. El discurso oficial enseguida se aferró a la idea de que era una subida temporal, pero por si acaso ya empezaron a advertir de que una subida de los sueldos de los trabajadores podía transformar esa subida coyuntural en una espiral difícil de controlar. La famosa inflación de segunda vuelta. Parecía que esta última -cuando los trabajadores recuperan el poder adquisitivo perdido- sí preocupaba, pero la de primera vuelta, no tanto. En ese contexto, el PSOE puso en circulación la idea de alcanzar un pacto de rentas, algo que fue ampliamente rechazado. Por supuesto, de los beneficios empresariales nadie se acuerda cuando suben los precios, aunque son lo que más rápidamente crecen.

De los beneficios empresariales nadie se acuerda cuando suben los precios, aunque son lo que más rápidamente crecen

La masa monetaria o los costes laborales
Conviene recordar el marco teórico en el que se ha gestado la actual inflación. Tras los altos precios de los años 70 se impuso la tesis de que la inflación era un fenómeno monetario, básicamente que los precios subían porque había mucho dinero en circulación. Para evitar que el gobierno «imprimiera» dinero, se abogó por dar el control de la emisión a un banco central independiente del gobierno que controlara sin presiones la cantidad de dinero, para así poder mantener los precios estables. De este modo, la política monetaria se convirtió en una cuestión técnica, al margen del debate político y se perdió un importante instrumento de política económica. Una tendencia que en Europa se agravó con la creación del euro y el Banco Central Europeo.

La estabilidad de los precios se mantuvo hasta que la crisis de 2008 obligó a los bancos centrales a imprimir dinero para que el sistema no colapsara. A pesar de la gran cantidad de dinero emitido, los precios de los bienes de consumo no subieron. Dos razones explican este comportamiento. Por una parte, impusieron un control estricto de la masa salarial y del gasto social del Estado, especialmente de las prestaciones. De ese modo, el dinero extra no llegó a la gente, pero si lo hizo a los bolsillos de los especuladores que empujaron al alza los precios de los bienes de inversión, el suelo, la vivienda, las acciones u otro tipo de inversiones financieras. Como esos precios apenas tiene reflejo en el IPC, quedó la impresión de que la inflación apenas subían.

La forma en que resolvió la crisis de 2008 ya apuntó que el problema del alza de los precios no es la cantidad de dinero en circulación, como se había postulado, sino que intervienen otro tipo de decisiones, como por ejemplo, en qué se gasta ese dinero; o la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo. Curiosamente, la Reserva Federal de EEUU acaba de publicar un artículo cuya tesis es que los sindicatos no pudieron forzar la conversión de esa masa monetaria en salarios y por ello la inflación no subió. Es decir, la Reserva Federal viene a reconocer que la inflación se ha mantenido baja por la debilidad sindical y no por el control que ha ejercido sobre los tipos de interés.

¿Se está echando piedras sobre su propio tejado? Tal vez lo que esté pensando la Reserva Federal es que con un movimiento sindical mucho más débil que en los años 70-80 del siglo pasado, los salarios no crecerán tanto como entonces mientras que las empresas seguirán repercutiendo sus costes en los precios hasta que los salarios no den más de sí, Y cuando la demanda de los trabajadores caiga, la inflación volverá a apagarse. Vamos, que la inflación se ahogara porque el escaso empuje sindical. Una teoría que olvida que la inflación es un fenómeno mucho más complejo y que no depende únicamente de los salarios.

El déficit y los precios
Con la pandemia se dio otra vuelta de tuerca a la emisión de dinero para poder mantener la economía durante el confinamiento. El aumento de la masa monetaria no tuvo ningún efecto inmediato. Sin embargo, la pandemia alteró algunas cosas: desbarató las cadenas de abastecimiento y frenó muchas inversiones a causa de que el futuro que se presentaba bastante incierto. Con el fin de los confinamientos y la recuperación de la actividad económica, esas alteraciones se hicieron patentes: se produjo el desabastecimiento de ciertos productos, en muchos casos por falta de inversiones, que provocó el encarecimiento de los suministros. Asimismo, subió el coste del transporte en general a causa, sobre todo, de los desbarajustes en la logística.

Los déficit que se han puesto de manifiesto tras la pandemia han empujado a los precios al alza. He aquí otro factor que genera inflación: la escasez. Esa es una de las razones de que lleváramos varios meses con los precios subiendo antes de que comenzara las hostilidades bélicas en Ucrania.

Desde el punto de vista económico, la guerra es un fenómeno terriblemente inflacionario

La guerra y la inflación
Desde el punto de vista económico, la guerra es un fenómeno terriblemente inflacionario. En primer lugar, por el tamaño de las economías involucradas. Cuando los países tienen un peso importante se puede producir el desabastecimiento de determinadas mercancías. Ya se ha notado en los productos agrícolas, de los que Rusia y Ucrania son grandes proveedores, pero la situación se puede agravar todavía más por la falta -y la carestía, que es otra forma de escasez– de fertilizantes, de la que también Rusia es productora. De hecho, EEUU los incluyó entre los productos sancionados, pero más tarde –consciente de la catástrofe que supondría para su industrializada economía– los retiró. En el caso de los alimentos, un déficit coyuntural se puede convertir en crónico si no se logra restablecer los cultivos.

En segundo lugar, el esfuerzo bélico exige el consumo de muchas materias primas: metales combustibles, explosivos... Materias que tendrán prioridad sobre otros consumos y por las que los militares pagarán más, con lo que el alza de precios también está asegurado en este aspecto.

La lucha por mantener el poder adquisitivo va a ser central para evitar el empobrecimiento generalizado de trabajadores y pensionistas

En tercer lugar, la guerra es producción para la destrucción. No existe nada más improductivo, desde el punto de vista económico, que la guerra. Construir para destrozar es una buena manera de acaparar materias primas y mercancías y ocupar capacidad productiva sin ofrecer nada a cambio, por lo que irremediablemente la guerra conlleva un aumento de la inflación.

En cuarto lugar, el gasto militar sin guerra tiene el mismo efecto en los precios que la guerra, a fin de cuentas también se acaparan recursos y capacidades sin ofrecer nada socialmente útil a cambio. Y este es el camino por el que han optado todos los países europeos, con lo que el gasto militar seguirá añadiendo más presión sobre los precios en el futuro.

Y ya para rematar está la política de sanciones de la Unión Europea contra Rusia. Cambiar materas primas cercanas y baratas por otras lejanas y mucho más caras -y eso cuando el cambio sea viable- traerá, sin lugar a dudas, nuevos aumentos de precios. Conviene recordar que la Unión Europea consume alrededor del 20% de los recursos mundiales, pero solo posee el 3%. Con semejante dependencia del resto del mundo, cualquier problema en la cadena de suministro, por mínimo que sea, y con importantes proveedores vetados, se puede convertir en una catástrofe que tendrá repercusión en los precios.

La inflación ha venido para quedarse. Es posible que los precios no aumenten en la misma proporción que en los últimos meses, pero seguirán aumentando y la lucha por mantener el poder adquisitivo va a ser central para evitar el empobrecimiento generalizado de trabajadores y pensionistas.

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